Hay cenas que no necesitan una receta, basta con abrir la nevera, sacar un buen tomate, cortar un poco de queso, colocar unas conservas sobre la mesa y dejar que el pan haga el resto. Mientras alguien termina de poner los platos, otra persona descorcha una botella de vino y, casi sin darse cuenta, una cena improvisada acaba pareciendo un pequeño lujo.
Quizá sea uno de los grandes secretos del verano. Cuanto menos se complica la cocina, más espacio queda para disfrutar de la conversación.
Y si el vino acompaña bien lo que hay sobre la mesa, hace falta muy poco más.
El verano invita a cocinar menos... y disfrutar más
Cuando aprieta el calor, pocas cosas apetecen menos que pasar una hora delante de los fogones.
Sin embargo, eso no significa renunciar a una buena cena.
La gastronomía mediterránea lleva siglos demostrándolo. Un buen producto necesita muy poca elaboración para brillar. Un tomate maduro, un aceite de oliva de calidad, unas anchoas, un buen jamón o un queso bien curado pueden convertirse en un menú memorable si están bien acompañados.
Y ahí es donde el vino marca la diferencia.
No porque tenga que ser complicado elegirlo, sino porque una botella adecuada consigue que una cena sencilla se recuerde durante mucho más tiempo.
Cinco cenas fáciles y el vino perfecto para cada una
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